por Cecilia Erostegui R.
Cuando hablamos de Diversidad Cultural, ¿estamos hablando de pluralismo?, ¿de interculturalidad?, ¿de multiculturalidad?, ¿de identidad cultural?, ¿de derechos culturales?, ¿de diferentes expresiones culturales? ¿Cuándo debemos referir a uno u otro término? Da la impresión de que los términos confunden más que aclaran, en el fondo, todos los términos dicen lo mismo, la presencia constante de culturas.
Cuando nos referimos a la Diversidad Cultural, es imposible no tomar en cuenta el concepto de cultura, y en función de cómo entendemos éste. Podremos tomar conciencia de que, la presencia de otras culturas nos obliga a dejar de pensar en la cultura en términos de preservar, de conservar, de delimitar o exaltar las diferencias culturales.La diversidad cultural se refleja en tantas formas de concebir el mundo, varias formas de conocer la realidad, en distintas maneras de relacionarse, en otros modos de explicarse los fenómenos naturales, por la variedad de prácticas de parto, lactancia, crianza, sistemas de creencias, usos del tiempo y el espacio, que deben coexistir junto con otras, con las mismas potencialidades. Lamentablemente su reflejo más refracta que ilumina.
Es preocupante ver que la Diversidad Cultural va convirtiéndose en un sinónimo de “protección de la diversidad de las expresiones culturales”, y va dejando de lado el reconocimiento histórico de la desigualdad de las culturas ancestrales en el mundo.
Es necesario que en la Constituyente reflexionemos, y acordemos, sobre lo que concebimos como indígena, andino, cultura, etnia, mestizo, boliviano, para poder confluir en la Diversidad Cultural como la presencia activa de una heterogeneidad cultural, que se reencuentra no por la diferencia, sino por la dignidad.
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